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Delirios y arcoiris

Superpoderes.

¿Alguna vez habéis pensado sobre vuestros límites?

Ese eterno muro de piedra construido a base de “Yo nunca”, “No puedo”, “No creo”, el eterno ciclo del “NO” y sus variantes. 

Pues bien, uno puede pensar que es un bloque de hielo con forma humana, un ser vivo al que olvidaron armarle el corazón, un antiamor de libro, en definitiva, y entonces, sin previo aviso aparece, nuestra peor amenaza, esa persona que nos desarma sólo con su sonrisa, y si lo consigue estás perdido, porque cada una de sus curvas van a llevarte al peor laberinto en el que hayas estado, uno sin salida. Clavado al suelo por sus pasos y teniendo el cielo ahora en una nueva dirección, la suya.

Y es aquí, señores/as, donde debo decirles que toda la familia del “NO” desaparece, de pronto eres un héroe con superpoderes capaz de todo. Los relojes se reajustan porque el tiempo empieza ahora. 

Pues bien, si esto os ocurre estáis ante una persona peligrosa, esa que puede haceros tan feliz que podríais terminar locos por ella, y sin remedio. 

No hay medicinas, no hay tratamiento, así como tampoco hay analgésicos cuando vuestro cuerpo tenga resaca del suyo, no hay alivio, no hay paz. 

Yo conocí a alguien así, y aquí estoy, a las dos de la mañana esperando que alguien me explique como recupero mi invierno, como me deshago de este amor sin amor, como me olvido de ti para recuperarme a mi. 

Y aquí estoy….

Alzheimer amoroso.

Cuando sientas que el amor es frío recuerda como el nuestro nos salvó en invierno.

2309

Había una vez una estrella fugaz, que por fugaz no se contentaba y quiso convertirse en meteorito, confundida estaba pues aunque más rastro dejaba acabo por destruirse. 

Día 0

Es la primera vez en mi vida que no encuentro las palabras que describan como me siento. 

¿Triste, desolada, arrasada?

Un sinfín de sinónimos desérticos tal vez. 

Estoy en ruinas, hecha añicos, despedazada. En todas partes y en ninguna. Mi vida vaga ahora entre el pasado el presente y el futuro, distorsionada. 

Me he roto con los besos que vienen tras una disputa. Con los polvos a medias, sin sal. Con los hijos que no tendremos. Con las Navidades que ya no vuelven, con los días que sumaban sin más. 

Me he roto y joder, como duele. Ya no vengo a que me ordenes, a que rebusques entre mis escombros y me encuentres, ahora me busco a mi.  
He sido valiente.
Voy a salir adelante.

Voy a salir adelante.

Voy a salir adelante.
Me repito.
Quiero creerme.

Necesito creerme. 

1739

​Los finales son tristes, que no te engañe Disney.

Recuerdos.

A veces los momentos más felices de nuestra vida son tan efímeros como el paso de una estrella fugaz. Casi imperceptibles, visibles para unos pocos. Es nuestra mente la que los dota de eternidad. Bendita memoria que nos maldice con a penas unos segundos de plenitud casi irreal. 

Hay recuerdos que explotas como las migajas del pan que acaba de terminarse pero que te niegas a que se acabe y rebuscas en el mantel pedazos de lo que era un cuerpo, entero, sólido, del que a penas quedan restos. Y te conformas, porque sin esas migas solo quedaría la nada. Y así revives una y otra vez el gusto en tú paladar, el tacto en tus manos. El sendero que dejó en tú vida. 

Somos como un pequeño mapa del tesoro, se nos puede leer pero no todos encuentran nuestro oro, el premio, eso que está detrás de todas esas pistas físicas visibles y superficiales como puede ser el color de los ojos, la piel, incluso nuestros hobbies compartidos, esos que mostramos al mundo. Pero el tesoro está detrás, donde nadie lo ve, donde hay que nadar pudiendo ahogarnos en el intento de llegar a la equis en el mapa, al punto final, al principio, al tesoro. Tu vida. Si lo has encontrado, ya estás dentro y dios sabe (lo cito como expresión y no como apoyo cristiano) que una vez entramos ya no podemos salir. Nuestro rastro en esas profundidades se queda clavado para siempre como las pisadas en la luna. Y así somos. Un conjunto de pasos, de marcas, de recuerdos y de estrellas fugaces, donde la longitud en el tiempo se contrae y se expande cuando hablamos de momentos felices, y es que cuando vivimos uno, dure unos segundos o un poco más los convertimos en segundos inmortales, incapaces de morir porque como escudo llevan una sonrisa imborrable e imperecedera en el tiempo.
Tú sonrisa no tiene fecha de caducidad. 

09040220

Aquí va un poema sin rima, con insomnio a las dos de la mañana. Me llamo Ene, y mi prosa cojea. Esta noche me han dado una paliza verbal, esas que duelen de verdad no como los puños. Aparte de un par de rasguños se me ha quedado el corazón por fuera, colgando, entre unos pocos hilos, supervivientes. Con miedo por su estado de salud le aviso de que la primavera fuera del pecho se puede convertir en invierno y es que desde la pelea el frío se le acerca como un ave carroñera. A hombros de un cuerpo cabizbajo cargo una cabeza cargada de pensamientos suicidas, o lo que es lo mismo, de amor. En una noche valiente me atreví a darme la vuelta, al pasado, ese que embriagados por la nostalgia recordamos cálido y colorido, sin embargo las flores ya han caído, y el naranja que cubría las tardes se ha convertido ahora en un gris gélido e indestructible. Ya no vives ahí, ahora vuelas con alas hechas por ti. Ya no es tiempo de construir castillos ni robarle estrellas al cielo para que te arropen al dormir. Ahora me acompaña la alargada sombra de un amor que lo cubría todo.
“Y sé que no hay camino de regreso, que el desamor está en los huesos”

Pronombre posesivo.

Se abrió el telón en la manecilla de tú puerta.

Dos actores, enlatados en cuerpos fríos, distantes.

Sentados frente a frente a kilómetros de distancia.

Me miras, te miro.

El reloj se relentiza.

Aún no nos hemos rozado y mi mente ya recorre tus huesos.

Nos acercamos mirándonos de reojo.

Mi mano y la tuya se encuentran, se reconocen.

Se produce un accidente entre el pasado y el presente.
Nos invade el silencio.

No podemos mirarnos.

Estamos paralizados.

Huyo en tú piel, la acaricio, como quién toca su bien más preciado, como si fuese un cachito del cielo.

No te mueves.

Sigo en mi viaje, quiero perderme y me encuentro en tú espalda. Mis dedos se deslizan por ti como si tuviesen su propio sendero.

Suspiras.

Me acerco.

No huyes.

Te doy un beso en el cuello, despacio, pequeño.

Los kilómetros se hacen añicos.

Se rompe el hielo.

Te giras.

Nuestro: adjetivo y pronombre que Indica la relación de pertenencia entre lo poseído y dos o más poseedores,entre los que se incluye el hablante.

Lo nuestro fue mi mejor regalo.

El cementerio de los vivos.

Los Hospitales siempre me han parecido escenarios macabros estigmatizados por el blanco nuclear predominante tanto en el personal médico como en el entorno físico, ambos a juego como quién prediseña la vestimenta prefuneraria, cuidando los tonos claros para dejar paso día a día a los tonos ocres que terminan por desembarcar en un negro insalvable, inmutable. Y esto es lo único que no perece, la eterna noche que para algunos huéspedes se instala en sus camas.

Hoy he ido de visita al cemeterio de los vivos. Ataúdes en forma de cama y flores a modo de enfermeras sonrientes dejaban paso a un ejército de cuerpos decaídos, abatidos. A unos pocos centímetros de una de esas camas me sentía espectador de un bombardeo, un ataque nuclear, un atentado contra el cuerpo, y ahí estaba yo, a kilómetros de una guerra tan personal que se convierte en intocable para los demás. No podía hacer nada más que rebuscar en esos ojos azules bañados por el mar el hombre que un día los tenía por faro en su vida. Ahora ésta solo chocaba contra las rocas mientras se despedazaba en cada quejido. 

La muerte a veces se convierte en nuestra aliada pues viene de la mano de la paz, la eterna noche donde al fin el mar encuentra la calma, donde el Sol descansa y la luna nos acompaña. 

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